El dragón indomable

Cuando estaba por entrar en la adolescencia, más o menos a fines de los años ’80, creía que la música electrónica se „programaba“ y que quienes hacían „música electrónica“ (así, con desprecio) no eran músicos sino a lo sumo ingenieros, idiotas que jamás habían visto un piano o una guitarra de cerca. Por supuesto, esa era la opinión de un niño: a ese yo infantil mio se le puede perdonar tanta estupidez junta. Por lo demás, poco tiempo después aprendí ciertas cosas, escuché algunas otras y revertí esa opinión, sin convertirme nunca en un consumidor ni, mucho menos, en un conocedor del género.

Mis gustos musicales se ramificaron por otros caminos y —con excepción quizás de Daft Punk, el duo francés que escucho con asiduidad y placer— no podría nombrar a ningún peso pesado del género. Eso es algo que, claro, carece de toda importancia; pero es preocupante es que haya tanta gente adulta que nunca pudo deshacerse de ese prejuicio infantil según el cual la música electrónica „no es música“.

Taming the Dragon, el primer trabajo conjunto entre Brad Mehldau y Mark Guiliana((y para cuya publicación crearon el acrónimo de Mehliana. Ya que se tomaron el trabajo de bautizarse así, cabe esperar que le sigan otros (o por lo menos, permítanme aferrarme a esa esperanza) )), no representa un quibre radical: ni con el neo-jazz del pianista ni con las galaxias electrónicas de donde proviene el baterista; es más bien el hijo prodigio de la unión de ámbos, quien (evidente- y agradecidamente) recibió la mayor parte de su carga genética del más dotado de los dos (como era de esperar y sin pretender menospreciar a Mark). Quizás justamente por eso, en el ambiente del jazz este disco fue muy esperado como „lo último de Brad Mehldau“ y tanto más grande está siendo la decepción de quienes todavía creen, infantilmente, que la música electrónica „no es música“ y disparates por el estilo. En esta línea, dice John Kelman sobre este disco:

Es muy difícil alterar la predispocisión sobre un artista que, durante las últimas dos décadas, se movió dentro del mundo acústico – y sin dudas no faltará quienes juzguen a Melhiana y Taming the Dragon con nada menos que desprecio. Pero para quienes entendemos que un verdadero artista debe dejarse guiar por su musa hacia donde esta lo lleve, Taming the Dragon se nos revela inexorablemente conectado a la música que Mehldau hace con el Trío y a sus proyectos más amplios, como Highway Rider…“

John Kelman

„Taming the Dragon“ está compuesto de doce temas, que a mi entender están separados en cuatro partes bien definidas: los primeros cuatro cortes me recuerdan fuertemente a ciertas partes de Random Access Memories, del ya mencionado Daft Punk: esta introducción es entre colorida y psicodélica. El quinto título, „Elegy for Amelia E.“ quiebra violentamente con esa alegría inicial y nos sumerge en un estado de ánimo oscuro, acorde con su nombre, y así, entre reflexivos y melancólicos, entramos en el tercer bloque, compuesto por „Sleeping Giant“„Hungry Ghost“ y „Gainsbourg“, el núcleo lírico del disco. La conclusión que le sigue dura unos veinte minutos más y se extiende durante los últimos cuatro temas, de los que salimos felices y tristes, volviendo a casa después de haber montado a un dragón salvaje en un vuelo agitado, psicodélico y multifacético. Volvemos intactos, mas no incólumes.

Si el objetivo del disco era domar al dragón, Brad Mehldau y Mark Guiliana han fracasado estrepitósamente. Después de escuchar este disco el dragón, aún salvaje, permanece en nosotros.


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