La Iglesia Católica es un Club Privado

Discutiendo sobre religión, en particular sobre la religión católica, he notado que nunca falta el católico más “liberal” que le exige a su iglesia una radical modernización: soñando con que la institución (su institución), adopte cosas absolutamente ridículas y fantaseosas como la aceptación de los homosexuales, la elimminación del celibato, ordenación sacerdotal de la mujer, o hasta en el caso de tener que elegir a un nuevo papa, el derecho a sufragio para todos los fieles, entre tantos otros disparates que no tienen pies ni cabeza.

A ver si nos entendemos de una vez: La ICAR no debe rendirle cuentas a nadie, ni practicar la antidiscriminación activa, ni oír los “reclamos” de la sociedad moderna. La ICAR, como todas las otras iglesias del mundo, es un Club Privado, cuyo Directorio puede poner en el estatuto (bueno, ellos le llaman Dogmas) tantas restricciones como le venga en gana.

Realmente no entiendo a los católicos liberales (hasta tengo problemas con esa paradójica denominación)… “Ordenación Sacerdotal Femenina”, “Matrimonio Homosexual”, “Diálogo con otras Iglesias”, “Liberalización del tema Sexual” (aunque no lo puedas creer, amigo lector, si perteneces a ese club, te comprometes a no tener sexo nunca (a no ser que se den una serie de condiciones muy específicas y muy extrañas,1 y si llegas algún día a ser parte del directorio… pues estás jodido porque a ellos… ¡el sexo les está prohibido de por vida!). Pero bueno, son cosas que están estipuladas en su estatuto: si no les gusta el sexo ni quieren a mariposones en sus filas están en todo su derecho a no aceptartlos, así como están en todo su derecho de creer que la mujer es un ser inferior al hombre. Siempre y cuando toda esa primitiva imbecilidad quede bien encerrada dentro de sus cabezas: están en todo su derecho de pensar lo que les venga en gana.

La Democracia y la Tolerancia son para la calle, para el lugar de trabajo, para la escuela y para las oficinas públicas o sea: para el estado… o llegado el caso: para sus ciudadanos, en lo que respecta a las relaciones vinculantes y obligatorias entre los seres humanos. Lo que esta gente, todos adultos ya, quieran hacer con sus vidas privadas, dentro de unos ridículos edificios llamados “Templos” (¿Qué se templará allí adentro? No el intelecto, les aseguro…); lo que hagan de común acuerdo, en lo que gasten su energía y su dinero… bien, eso es cosa de ellos. Por mí pueden disfrazarce todos los días de monos y cantar esquizofrénicas y desenfrenadas canciones dementes, y llegar, todos los domingos, a un éxtasis místico que podrá ser muy preocupante desde un punto de vista psicológico, pero tampoco por ello vamos a andar diciéndole a ésta gente lo que deba hacer o pensar. Sin ir más lejos y para cerrar esta reflexión con un ejemplo lleno de humor, dejo aquí una fotografía que ilustra perfectamente la insalubridad de la que vengo hablando: así se visten los miembros del directorio de este club, no en una fiesta de disfraces, no porque hayan perdido una apuesta, no para provocar risas ni de chiste; no: así se visten, con la mayor de las solemnidades, para provocar „respeto“ entre los fieles y para demostrar su „autoridad“:

Un club privado

El del gorrito gracioso y el bastón es „El Jefe“

  1. Entre otras, las condiciones necesarias para que los miembros de este club puedan practicar actividades sexuales, son: [1] hacerlo siempre con la misma persona (y aqui „siempre“ es SIEMPRE: desde la primera vez hasta la muerte), [2] tener el permiso expreso y por escrito del jefe del club, [3] hacerlo únicamente para procrear y lo más importante: [4] nunca, nunca, pero nunca nunca nunca: disfrutar. Los pocos miembros del club a quienes les está permitido tener sexo deben hacerlo [5.a.] a regañadientes, [5.b.] con desgano, [5.c.] por obligacón y [5.d.] con mucha culpa []
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