Okuda San Miguel – ¿Graffiti o Arte (sanía millonaria)?

Hasta hace pocos días no sabía quién era Okuda San Miguel. El editor de una revista de arte para la que quizás escriba alguna columna me pide una reseña corta sobre el artista, de entre mil y dosmil caracteres, y como toda referencia y comentario adjunta el enlace al correspondiente perfil de instagram. La revista en cuestión es una publicación de arte y fotografía con un acento muy marcado en el aspecto visual: la imagen es predominante en sus publicaciones y los textos que la acompañan sirven apenas para darle un con-texto —nunca estuvo mejor usada la palabra— a las obras presentadas. Esta intención se evidencia en el único requisito formal que se me exige: la exigua extensión no alcanza para mucho más que una reseña brevísima, un copypasteo recortado de los pocos datos que aparecen en la Wikipedia sobre Óscar San Miguel Erice, más conocido como „Okuda San Miguel“.

Aún así (y dado que me rehuso a escribir nada que la inteligencia artificial de google pueda hacer más rápido y mejor que yo), comienzo a investigar para saber quién es y qué hace este artista que —me voy enterando de a poco—, logró el gran salto desde los sórdidos callejones del Graffiti español hasta las inmaculadas salas de los museos, el subvencionado muralismo y quién a primera vista está teniendo un éxito descomunal en el mundillo del arte. (o quizás debiera decir: en el mercadillo del arte). También me entero que dicho salto vino acompañado de (o „empujado por“, ¡vaya uno a saber!) un fuerte contenido de crítica social en su obra. En este contexto, leo repetidamente las palabras anti-capitalista y anti-sistema. Empezamos bien.1

Comencemos, pues, por el principio. Lo primero que me impresiona (debo reconocerlo) es la explosión de color que atraviesa la obra de Óscar2 Durante dos maravillosos y fugaces segundos veo el pulcro despliege del circulo cromático, dispuesto en simétricos triángulos de colores planos cuyas proporciones podríamos caracterizar con la palabra „épicas„, sin faltar a la verdad. Lamentablemente, esos primeros dos segundos pasan rápido (luego de tan solo dos segundos), y no puedo sino comenzar a sentir una cierta sensación de incomodidad, que aumenta conforme pasan los segundos siguientes y las imágenes se suceden bajo el scroll del maus.

Hay, literalmente, miles de imágenes. Superficies que van desde el tamaño de carteles de tránsito, paredes de monoambientes y grandes murales, hasta edificios enteros: todas atravesadas por el mismo motivo, por la misma mecánica, por la misma técnica y por la misma imposición cromática; dispuesta en triángulos de colores planos, más opacos para aqullas regiones de la composición que requieren sombra, más brillantes para los lugares invadidos por la luz. Los triángulos están dispuestos de manera tal que forman animales, rostros, figuras geométricas y reseñas a la cultura pop. Veo gorilas, estatuas de la libertad, rostros humanos (todos convenientemente indigenizados y africanizados: imagino que ahi radicará lo anti-sistema y lo contestatario de la obra de este señor), calaveras, ardillas y máscaras de animales (levemente sobredimensionadas para que, al vestirlas, provoquen instantáneamente la perturbación y la sensación de extrañamiento surrealista que inventó David Lynch hace veinte años y que hoy los Okuda San Miguel de este mundo han logrado convertir en un truco barato, efectista y predecible).

Y dentro de todos esos objetos: triángulos, triángulos y más triángulos. Todos en colores complementarios, en tonos pastel, cuidadosamente armónicos. Triángulos livianos, triángulos light, triángulos que han perdido su razón de ser; que han perdido, por decirlo de alguna manera, su triangularidad no-geométrica: triángulos cuyos vértices fueron despojados de su naturaleza y que carecen de su hostilidad habitual, de su filo, de su agresividad y por lo tanto: de su sentido; para convertirse en las intersecciones de un puzzle en donde cada una de las partes contribuye a la construcción de una estructura más grande, pero que está, al igual que los triángulos que la componen, evidente y dolorosamente vacía de todo contenido.

Aquí no hay mensaje, no hay contenido y no hay sustancia. Pero es peor que eso. Aquí no hay ni siquiera la angustia que cualquier artista nos hubiese impuesto (o por lo menos: ¡nos la hubiese intentado mostrar!), ante tan descomunal falta de mensaje, de contenido y de sustancia. Óscar no es el Yayoi Kusama de los triángulos, no nos confundamos. Para muchos la comparación puede ser evidente; mas es errónea. Los lunares de Yayoi Kusama son más que simples lunares: son depresión, son obsesión, son aburrimiento y goce, son deseo, son dolor. Los triángulos de Óscar, muy por el contrario, son menos que simples triángulos (son apenas mecánica: ¡la inteligencia artificial de google los haría mejor!)

Los pocos acercamientos que hace Óscar a Lo Simbólico son de una puerilidad adolescente y burda; cuando no infantil y profundamente superficial. Un árbol creciendo desde la cuenca ocular vacía de una máscara recostada en el piso; la „M“ de McDonalds, el adorno nasal de una mujer hindú. Personas en sillas de ruedas y gente con síndrome de down en su video publicitario „The World is ours“, bailando al compás de una música aparentemente gitana y levemente „étnica“ (si es que existe tal cosa) pero fruto de una pista cuidadosamente editada y pulcra; sus manos tatuadas acariciando el cuello de un animal; el campo visto desde las alturas de un drone, el océano esmeralda del caribe, jóvenes modelos saltando al agua desde el puente de un yate. ¿Qué demonios está pasando aquí? De repente esto se he convertido en un comercial de Mastercard. Se me viene a la mente el anuncio del fallido festival FYRE y no puedo evitar sonreir ante lo acertado de la comparación: Okuda también es un fraude (aunque probablemente uno más inteligente: él nunca tendrá que devolver el precio de la entrada ni pagar indemnizaciones a nadie)

Intento ver un reportaje. Hay muchos. Óscar está teniendo un considerable éxito; o por lo menos así parece. Todos los programas dedicados a el fenómeno Okuda comienzan más o menos con el mismo tenor:

„Desde sus inicios pintando con spray en fachadas de fábricas y vagones abandonados, ha ido depurando un estilo propio, reconocido, lleno de color y dimensiones con los que trata de cambiar el entorno para construír un mundo mejor, donde afloren las sonrisas…“

Fuente: Al Sur. Entrevista con Okuda San Miguel

Diosmío. No se esfuerzan ni si quiera en maquillarlo un poco. El producto que vende la marca Okuda San Miguel —y sus agentes publicitarios se ocupan muy bien de articularlo así—, es: Buenrollismo, figuras simples y colores planos. Integración y armonía. Una leve estela surrelista, que se ve muy guay, pero que en lugar de incomodar y señalar una realidad subterránea, está ahí para no indicar realidad ninguna y hacer que todos nos sintámos cómodos. Los viajes por el mundo de un niño rico disfrazados de aprendizaje multicultural. Y todo en plan monumentalista, con un gradiosismo a primera vista impactante pero que inmediatamente después de ese primer momento cobra una literalidad mounstruosa; con un discurso tremendamente vacío pero cuidadosamente condimentado con consignas anti-sistema perfectamente marketizables. La Boina del Ché y tonterías de ese calibre. De las que no dicen nada.

Porque Óscar no dice nada, nunca. Ninguna de sus obras tiene una historia detrás, ni una por delante: no están abiertas a la interpretación ni son sensibles al discurso artísticos porque no son obras de arte: son objetos decorativos, brillantes y coloridos, adornos estéticamente agradables pero irremediablemente MUDOS. Okuda San Miguel decora fachadas con un trazo bastante prolijo, pero nada más.

Termino a duras penas de ver ese video y comienzo algunos más, que dejo indefectiblemente inconclusos. Por lo que pude ver, Óscar se presenta como una persona sumamente agradable. No tiene una pose exagerada ni repulsiva, habla siempre en voz baja y pausada; se muestra agradecido por su éxito y pocas veces contradice abiertamente a sus interlocutores. Quizás, después de todo, solo sea un chico no demasiado listo que tuvo demasiada suerte.

Ojalá sea así. La alternativa es demasiado terrible.

  1. Eso fue ironía; y es la primera y última vez que la marco. Cuando vuelva a aparecer, esfuércense Ustedes por entenderla []
  2. voy a permitirme llamarle lisa y llanamente „Óscar“, pues así se llama el buenhombre. Que el más pomposo y más pretencioso OKUDA quede para quienes sean más complacientes con él o para las etiquetas comerciales de sus productos. []

JuPiX

Reflexivo, introvertido, taciturno y estoico; existencialista, constructivista y ateo.

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