Determinismo y Libre Albedrío en Star Trek: Voyager

Star Trek Voyager: El Doctor

Siempre me gustó la saga Star Trek, o como la conocemos en latinoamérica, “Viaje a las estrellas”. En los últimos cincuenta años se han producido más de seis series para la televisión (ST:TOS, ST:TNG, ST:DS9, ST:VOY, ST:ENT y ST:DSC), trece películas, varios videojuegos e inumerables libros que transcurren dentro del universo de la Federación de Planetas.

En mi opinión, las aventuras de la nave Voyager, varada en el otro extremo de nuestra galaxia, a 70.000 años luz de distancia de la tierra y en un intento permanente por “volver a casa”, no es una muestra de lo mejor que ha dado la franquicia; sin embargo, el decimoprimer episodio de la quinta temporada es una grata excepción y sobresale entre los demás. En este capítulo, el médico de la nave, una inteligencia artificial encarnada en un holograma humanoide, sufre un conflicto en su programación luego de haber optado por dejar morir a uno de sus pacientes para salvar a otro, cuando ámbos se encontraban en inminente peligro de muerte, en una situación límite y teniendo solo unos pocos segundos para tomar una decisión. El Doctor sin nombre elige salvar a quién era su amigo, movido por el sentimiento de amistad personal que los unía — y no por un criterio médico, ya que ámbos pacientes tenían las mismas posibilidades de sobrevivir si eran operados de inmediato, pero sin haber tiempo para salvar a ámbos.

¿Librealbedrío o Determinismo?

En este episodio se tocan varios aspectos de un mismo complejo temático, desde el grado de humanidad de una inteligencia artificial avanzada, hasta la existencia del librealbedrío, pasando por la evolución, el peso de nuestras decisiones individuales, la causalidad y también: la cuestión sobre el determinismo. El problema del Determinismo no es algo sobre lo que los filósofos no hayan reflexionado nunca; de hecho, es uno de los problemas más antiguos de la filosofía y puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿Hasta qué punto somos realmente libres de hacer lo que hacemos y de ser como somos? ¿Qué nos mueve a actuar como actuamos y no de otra manera?

Sobre esta cuestión se construye el conflicto del episodio en donde el Doctor pierde la razón al darse cuenta de que tomó una decisión de vida o muerte en una situación que no estaba contemplada por las directivas de su programación, sino que por el contrario, estuvo determinada por su memoria emotiva.

El problema del determinismo puede ser abordado desde diferentes ángulos: el físico-neurológico, el psicológico, el moral-filosófico y el metafísico-religioso. Éste último es el más antiguo de los acercamientos, y su razonamiento es el siguiente: Dios es omnisciente y como tal, conoce con exactitud no solo lo que hicimos y lo que hacemos, sino también cada uno de nuestros actos futuros. ¿No significa esto, en última instancia, que nuestros actos están determinados con antelación?

Para el cristianismo temprano esto representaba un problema y una gran contradicción; puesto que el concepto de Pecado, sobre el cual se basa gran parte de la Doctrina Cristiana, requiere imperiosamente de la idea de la libertad individual para mantener cierta lógica interna. Solamente los hombres libres, capaces de decidir sobre sus actos y obedecer o desobedecer a conciencia las leyes de Dios, son capaces, o bien de pecar y condenarse; o bien de arrepentirse y salvarse. Hace más de 1600 años, San Agustín reflexionó sobre este asunto y salió del paso (no demasiado airosamente) diciendo algo así como que “El Hombre es libre de actuar como Dios ya sabe que lo hará”, pero en esta época, esa ya no es una respuesta aceptable al dilema.

En realidad, ese ya no es ni siquiera un dilema aceptable en esta época, pues cada vez menos personas abrazamos incondicionalmente la posibilidad de la existencia de una deidad omnisciente y onmipotente que se ocupe con minusciocidad de cada segundo de la vida de cada individuo que camina sobre la faz de la tierra; pero la cuestión sobre el librealbedrío, sin embargo, persiste. Por ejemplo, el derecho penal, que comparte sus raíces con la historia de la iglesia y su concepción moral, también se basa en la idea del librealbedrío: solo aquellas personas que actúan con pleno dominio de sus facultades y entienden la diferencia entre lo legal (“lo bueno”) y lo ilegal (“lo malo”) son penalmente responsables de sus actos. Por eso, ni los niños ni los enfermos mentales pueden ser condenados, ya que entendemos que no poseen las capacidades mentales para poder decidir actuar “bien” o “mal”.

Las Neurociencias

Los avances en las neurociencias están poniendo sobre la mesa, otra vez, la cuestión sobre el librealbedrío, pues dejan en evidencia que las alteraciones del cerebro, ya sean químicas o fisiológicas, tienen una injerencia directa sobre nuestra voluntad.

Resulta que el “Yo” no está separado del cerebro; el “yo” es más bien una construcción mental que depende enteramente del normal funcionamiento de dicho órgano. La dualidad clásica entre “cuerpo y alma” o “cuerpo y espíritu” carece enteramente de sentido; pues los seres humanos no tenemos un cerebro; sino que somos un cerebro. Todo lo que pensamos y sentimos, lo que amamos y lo que odiamos, lo que aprendimos y lo que recordamos; en definitiva: todo lo que somos, está determinado por procesos neuronales cuyos límites y mandatos estan marcados por la constitución de ese órgano gris que vive dentro del cráneo de cada uno de nosotros.

Además, hay numerosos estudios (y aquí la cosa se pone realmente interesante) que demuestran que nuestras acciones son tomadas por nuestro cerebro milésimas de segundo antes de ser conscientes de ello. Para decirlo de una manera soez: la consciencia es una función del cerebro, así como la digestión es una función del estómago. En este contexto, la custión sobre el determinismo y el libre albedrío cobra una significación renovada; aquí el conocimiento científico interpela a la filosofía y le replantea una pregunta tan vieja como la disciplina misma.

Conclusión

Así, todo parece indicar que nuestro “espíritu” es, en última instancia, una configuración singular de información, grabada en el cerebro de cada uno de nosotros, así como el espíritu del doctor de la Voyager es una configuración singular de información, grabada en la base de datos de un ordenador. En el episodio en cuestión, Janeway, la capitana de la nave, finalmente entiende que la naturaleza informática del doctor no es tan distinta a la de cualquier otro miembro humano de su tripulación, y en lugar de resetear su programa y borrarle la memoria para eliminar el conflicto, decide tratarlo como a un ser vivo y brindarle afecto para ayudarle a superar su trauma.

Por supuesto, nada de esto responde a la pregunta sobre la real existencia del librealbedrío, ni siquiera sobre sus posibles limitaciones. Pero si sirve para pensar sobre el tema, para plantearse nuevas preguntas, y para replantearse las propias convicciones, vale una recomendación. No de toda la serie, pero sí de este episodio en particular.

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