La Ciencia Ficción, la Singularidad y el Futuro de la Humanidad

„La consciencia es una función del cerebro
como la digestión es una función del estómago“

La inteligencia artificial es un tema recurrente de la literatura y del cine de ciencia ficción, y desde hace unas pocas décadas, es también objeto de investigación científica real y prometedora. Pero ¿qué es exactamente „Inteligencia Artificial“? Para responder a esta pregunta debemos primero definir la inteligencia natural; es decir: la humana, y así sumergirnos de lleno en un terreno por demás pantanoso pues la definición, o mejor dicho las definiciones de lo que llamamos „Inteligencia“, distan mucho de ser claras. Y utilizo el plural no porque piense en conceptos casi esotéricos como los de la supuesta „inteligencia emocional“ o „social“, sino porque nadie ha podido, hasta hoy, definir con precisión los límites de la inteligencia y los elementos que la constituyen.

Quizás sea gracias a esta indefinición que la literatura haya producido tantos nombres diferentes para referirse a la Inteligencia Artificial: Desde Robot hasta Android pasando por Mechas, Relicantes, Cyborgs, Synths o Hosts; de cada obra surgen nuevos nombres para la inteligencia artificial.

En un nivel muy básico y bastante difuso definimos „inteligencia“ como aquello que nos diferencia de los demás animales, una forma de inteligencia analítica y racional que puede resumirse en la capacidad de generar nueva información combinando la información del mundo con la información almacenada en nuestra memoria por medio del pensamiento abstracto, y utilizar ese aparato de construcción de conocimiento para la resolución de problemas.

En la actualidad marcamos esa habilidad como lo que nos diferencia de los animales, pero esto no ha sido siempre así. Durante la edad media, por ejemplo, cuando todavía eramos criaturas de Dios y la sociedad se organizaba en valores exclusivamente religiosos, no era la inteligencia lo que nos distinguía y lo que nos elevaba sobre los demás seres vivos, sino la posesión de un alma de la que los animales aparentemente carecían. El iluminismo, la ciencia y la revolución industrial provocaron un desplazamiento de ese foco, cuando la religión pasó a ser solo uno más de los múltiples sistemas sociales que conforman la modernidad y cuando comenzamos a re-preguntarnos que era aquello que nos hacía humanos en términos filosóficos y científicos.

Porque en el fondo, la pregunta sobre la inteligencia es la pregunta sobre aquello que nos hace humanos, es la pregunta sobre la escencia de la humanidad. Pero si bien la inteligencia es una parte importante, no es la única: ligada a esta cuestión también existen otros factores, como la naturaleza de los sentimientos, la consciencia de uno mismo, la consciencia sobre la propia mortalidad y el librealbedrío.

En este marco, las grandes obras de Ciencia Ficción en el fondo nunca hablan de la inteligencia artificial o de los robots; sino que más bien giran en torno a la vida humana ligada a esas cuestiones (los sentimientos, la auto-consciencia, la mortalidad y la libertad). Es a partir de ahí desde donde intentan dibujar los límites de nuestra propia existencia. Cuando hablan de Inteligencia Artificial hablan, más estrictamente, de la „Vida Artificial Inteligente“, una que integra la „inteligencia analítica“ con esos otros factores, porque la Inteligencia Analítica por sí misma ya existe, es la premisa de toda ciencia ficción sobre el tema. Siempre hay robots que son infinitamente más inteligentes que sus dueños y que desperdician su potencial en servir tragos, lavar ropa, eliminar desechos tóxicos o prostituírse, lo que en un primer momento nunca deja de ser sorprendente y pueril; y solo cobra sentido cuando vemos el cuadro completo y lo analizamos en los términos de nustra propia ignoracia acerca de la escencia de lo que nos hace ser humanos, de la intuición de que algo falta… algo que, sin embargo, no podemos definir con precisión.

La buena ciencia ficción habla más sobre nosotros que sobre ellos.

En términos filosóficos y hasta científicos tampoco basta con crear una inteligencia artificial meramente racional para que se produzca la Singularidad Tecnológica; es más: ese tipo de inteligencia artificial ya existe. De lo que se trata es de crear un tipo de „Vida Artificial Inteligente“, libre, capaz de aprender por sí misma, de fijarse objetivos y perseguirlos, autoconsciente y temerosa de su propia muerte; capaz de rebelarse y de liberarse del mandato humano, de llevar una existencia independiente y de crecer. Todo lo demás seguirá siendo una máquina.

La custión radica en si podremos crear una inteligencia artificial que dé el gran salto hacia la auto-consciencia; y todo parece indicar que sí. Si la consciencia surge de la enorme complejidad de procesamiento de la información en el cerebro y no de la existencia de un alma o de unos fenómenos mágicos y meta-físicos, no hay motivos para pensar que la Singularidad sea una idea descabellada sino que muy por el contrario, la Singuaridad es casi inevitable. En los últimos años, los avances en el campo de la inteligencia artificial, las redes neuronales, los sistemas expertos y la robótica han sido realmente asombrosos. La Inteligencia Artificial actual ya es capaz de aprender por sí misma, hacer diagnósticos médicos, pilotear aviones o jugar al ajedrez mucho mejor que cualquier ser humano.

En vistas de esta evolución, existen muchos expertos en el tema que van del optimismo a la preocupación y no dejan de advertir un potencial peligro para la humandad ligado a la singularidad. Cuando se produzca, dicen, esa nueva forma de vida no tendrá razones objetivas para ver en nosotros algo más que un pariente muy lejano y —ciertamente— bastante inútil. Los Hombres seremos a la máquina lo que el australpithecus es al Hombre: una curiosidad evolutiva condenada a la extinción.

Visto así, en términos estríctamente evolutivos —y esto es una opinión muy personal— no me parece, sin embargo, que esa sea la peor de las opciones.

Como siempre, el futuro tendrá la última palabra. Solo que esta vez, el futuro parece estar a la vuelta de la esquina.