Señales del Cielo: Estrategia Comunicacional del Papa Francisco para el Siglo XXI

Jorge Bergoglio, más conocido como „Papa Francisco“, es un político que domina a la perfección las claves de la comunicación del siglo XXI. Como pocos, ha comprendido que a los efectos de la comunicación, los símbolos son mucho más importantes que los contenidos del discurso. Creo que, con esto en mente, ha construído un poderoso símbolo comunicacional: las conferencias de prensa a bordo del avión papal.

La tradición de ofrecer conferencias de prensa en el aire fue inaugurada por Juan Pablo II, continuada por Benedicto XVI y llevada al paroxismo por el Papa Francisco. En el cielo, mucho más cerca de Dios que en la tierra y sin que se puedan vincular sus palabras a un territorio político determinado, Bergoglio se permite hacer declaraciones directas, muchas veces polémicas, dentro de un espacio que le pertenece por derecho propio y que, por supuesto, está controlado hasta el más mínimo detalle por él y por su equipo.

Estas „conferencias de prensa“ si es que puede llamárselas de ese modo, se parecen mucho a reuniones con admiradores que lo aplauden, le hacen regalos, se ríen de sus tímidos chistes y que, por supuesto, jamás preguntarían nada que pudiera ponerlo en apuros. Todo eso, claro, es parte del espectáculo; esas son las reglas de un juego cuyos jugadores conocen y respetan a la perfección: hasta los pilotos del avión esperan con ansias el momento en el que son saludados por Bergoglio para poder filmarse y tomarse selfies junto a él, y quizás, con suerte, recibir una bendición de manos del pontífice.

Pero volvamos a hablar de la comunicación.

La primera vez que Bergoglio hizo delcaraciones polémicas a bordo de su avión fue volviendo del Encuentro Mundial de la Juventud Cristiana en Brasil, en el año 2013, poco tiempo después de haber asumido, en donde habló de los homosexuales en términos poco habituales para un pontífice:

„Si una persona es gay, y busca al señor, y tiene buena voluntad… ¿Quién soy yo para condenarlo?“

Por supuesto, enseguida relativizó sus palabras, dando el mensaje que quería dar, yendo contra una supuesta ideología de género y un supuesto „lobby gay“ que, según él y según una doctrina bastante paranoica de la iglesia católica, tienen como objetivo final la homosexualización de la sociedad entera.

Pero lo que se transmite y lo que queda grabado en la memoria del público, es su forma amable y un difuso „cambio de paradigma“. En este tipo de comunicación, los contenidos son menos importantes que el impacto de los símbolos de los que se sirve el discurso. Un discurso que desde el Concilio Vaticano Segundo no ha cambiado nada y que básicamente consiste en la demonización del supuesto „Relativismo“ reinante en la sociedad.

Esta crítica forma parte de lo que podríamos denominar la Doctrina Moral de la Iglesia Católica del Siglo XX, que surgió como respuesta a la posmodernidad, que Benedicto XVI resumió con el concepto de „Dictadura del Relativismo“ y que surge de la profunda incomprensión que la iglesia tiene sobre lo que es la posmodernidad, el relativismo y la sociedad del siglo XX y XXI.

Con respecto a la supuesta „Dictadura del Relativismo“, dice el filófofo norteamericano Richard Rorty:

„Suele utilizarse el término relativismo para definir la tesis, sumamente absurda, de que cualquier convicción moral es buena, exactamente como las demás. Pero ésa es una tesis que, jamás, ningún filósofo intentó defender.

[Benedicto XVI] afirma que estamos construyendo una dictadura del relativismo que no reconoce cosa alguna como definitiva, y cuyo objetivo final consiste únicamente en el propio ego y en sus deseos.

„Los filósofos como Santayana y Stuart Mill rechazan, en efecto, reconocer cosa alguna como definitiva, porque consideran que el objeto de cualquier especulación filosófica o culto religioso es producto de la imaginación humana. Un día ese objeto podría ser suplantado por otro mejor. No hay un final para este proceso de sustitución, no existe un punto en que sea factible la pretensión de haber encontrado la idea justa, y haberlo hecho de manera definitiva. No hay nada ya existente con lo cual hubieran de intentar corresponderse nuestras convicciones morales…“

Rorty, Richard. “Una ética para laicos” Katz Editores, 2005

Aquella costumbre, que con desconsuelo aquel papa y este definen como „relativista“, es en cambio considerada por filósofos como Rorty como la apertura a nuevas posibilidades, la disponibilidad para tomar en consideración todas las sugerencias acerca de aquello que podría aumentar la felicidad humana. De esta forma, estar abiertos a un cambio de doctrina es el único modo de evitar los males del pasado.

El caso es que la iglesia católica no está abierta a un cambio de doctrina. Así, Fransisco no dice nada en el cielo que no hayan dicho ya en la tierra la mayoría de sus predecesores, pero al decirlo en un espacio periodísticamente seguro, políticamente neutral, simbólicamente espiritual y (por lo tanto) propio por derecho natural; no existe allí nadie capaz de contestarle y mucho menos, de cuestionarle nada.

Creo que es por eso que Bergoglio se anima a decir barbaridades absolutamente inaceptables en un mundo en el que, como el nuestro, ha sido construído sobre los valores de la ilustración y luego de una historia de violencia de la que creíamos haber aprendido ciertos principios que estan fuera de toda discusión.

Y no estoy hablando de la aceptación de los homosexuales o de la ordenación femenina. Cada organización puede decidir para sí a qué miembros aceptar y cuales no; y la Iglesia no es otra cosa más que club privado con un reglamento interno ciertamente homófobo y misógino, pero que a las personas no pertenecientes a ese club debería tenernos sin cuidado.

Estoy hablando de, por ejemplo, la justificación del terrorismo que hizo en ocasión del ataque asesino a la redacción de la revista francesa Charlie Hebdo, cuando dijo que „no se puede ridiculizar la fe de los demás“, que „hay un límite [para la libertad de expresión] y que, en el fondo, si alguien se burla de la religión debe esperar recibir violencia física a cambio.

En cualquier otro momento, esta hubiera sido la muestra natural, y un tanto infantil, del enojo de un señor que (ya lo sabemos) no soporta ningún tipo de crítica y mucho menos que se burlen de lo que él considera sagrado. Pero ese no era un momento cualquiera.

El enojo de Fransisco no estaba dirigido a los asesinos de Charlie Hebdo, sino que estaba dirigido a las víctimas de aquel crímen, por haber „ridiculizado“ la fe de los demás. En la escala moral de la Iglesia y en la escala moral de Bergoglio, la „libertad religiosa“ consiste en blindar las creencias de las personas contra cualquier tipo de crítica y contra cualquier tipo de burla, sobre todo a aquellas creencias que se definen como „sagradas“. Y la libertad de expresión, así como las demás libertades deben estar, por supuesto, subordinadas a este tipo extraño de „libertad religiosa“

Así las cosas, no hace falta leer las aburridas encíclicas papales o las teológicas cartas que el jefe de la iglesia escribe a sus obispos, para darse cuenta que la única reforma que el papa sudamericano le ha impreso al vaticano es una reforma netamente comunicacional.

Los discursos en el avión son eso: estrategias de una comunicación simbólica que persigue claramente producir una respuesta emocional, transmitida directamente desde el cielo por una cohorte de querubines disfrazados de periodistas que con abnegación, obsecuencia y seguramente orgullo, se han convertido en los apóstoles del Vaticano.

La estrategia está dando resultados. Por qué es peligrosa, es algo que cada uno de nosotros debe responder por sí mismo.